Elena despertó con el cuerpo aún estremecido, envuelto entre las sábanas de satén que olían a Odelia.
Pero no había placer en su pecho.
Solo culpa.
Y una necesidad profunda de verlo, a él.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que Dorian la había dejado allí, quebrada, expuesta, y deseando más de lo que podía entender.
Se duchó en silencio, el agua ardiendo sobre su piel como un bautismo, como si pudiera borrar las caricias ajenas y su propia rendición.
Pero nada desapareció.
Porque el des