Elena descendió del coche como si el mundo le debiera una reverencia, con cada paso firme de sus botas, con cada centímetro de piel que dejaba al descubierto su vestido de cuero negro, se sentía más en su elemento. David salió tras ella, vestido de negro riguroso, con una camisa abierta en el cuello y el cabello ligeramente despeinado por sus dedos nerviosos. Era la segunda vez que visitaba el Aquelarre, y aunque por fuera parecía un club más, por dentro todo era distinto.
El portón de hierro f