Elena se puso de pie, envuelta solo en su bata de seda, y caminó con elegancia hacia el vestidor, sus pasos eran firmes, controlados, como si el mundo entero le perteneciera. Y lo hacía, al menos ese mundo, la habitación, la cama deshecha, y el hombre que aún la miraba desde allí, con el cuerpo desnudo y el ego ligeramente desarmado.
Anoche le había permitido dominarla, le había dado el poder y lo había dejado hacerla suya como nunca antes.
Pero todo regalo tiene un precio.
Y hoy, Elena volvía