La casa de los padres de David olía a madera encerada, vino añejo y un intento torpe de familiaridad. Era una mansión elegante en la colina, de techos altos, lámparas antiguas y paredes tapizadas de historia. Los invitados llegaban con sonrisas entrenadas, besos al aire y copas en la mano. David los saludaba con educación medida, sin soltarse demasiado. Desde que Elena estaba en su vida, las máscaras le resultaban incómodas.
Avanzó por el salón principal saludando a primos, tías lejanas y conoc