Desde la oscuridad, Isolde observaba.
Invisible entre las sombras, se movía con la sutileza de una pantera, los ojos fijos en él. Dorian. Su creación, su criatura, el fuego de su obsesión.
Desde su rincón oculto, cada roce entre él y esa mujer "Elena" era como una daga en su pecho. Ella, con su sonrisa cálida, su ingenuidad patética, sus caricias torpes, creía que podía tenerlo, que podía amarlo.
Qué estúpida.
Dorian era suyo, había nacido de sus manos, de sus labios, de su oscuridad. Había sid