Elena despertó con la luz dorada del amanecer filtrándose por las cortinas. Sentía el cuerpo tibio y relajado, libre de tensiones, de cadenas invisibles, de miedos viejos. Había algo distinto en su respiración, en la manera en que su pecho subía y bajaba con calma. No era sólo el placer de una noche bien vivida, era la libertad, una libertad visceral, íntima, como si por fin pudiera moverse sin el peso del pasado.
A su lado, Odelia dormía boca abajo, con una pierna extendida y la otra ligeramen