La victoria sobre la Cábala había durado poco. La Mansión Vieri, símbolo de la nueva legalidad, se sentía bajo asedio interno. La llegada de Darya, la mujer temida y poderosa de la Bratva, había arrastrado el pasado directamente al centro de la paz de Demian Vieri. Su presencia, ahora sentada en una lujosa suite de invitados, era un recordatorio constante de los juramentos de sangre que Demian había intentado enterrar bajo el mármol y el cristal de su imperio.
Demian se sentía acorralado. El Guardián, que había dominado a la mafia, se encontraba atrapado entre su honor y su amor. Sabía que la presencia de Darya era una amenaza directa a la confianza que había construido con Valeria.
—Ella está aquí. Y el niño está en el ala de seguridad con sus hombres —dijo Demian a Dante en el despacho, evitando la mirada de su primo.
—El niño es un seguro de paz, Demian. Pero Darya es tu pasado. ¿Valeria lo sabe? —preguntó Dante con la franqueza que la lealtad le permitía.
—Valeria sabe que Dar