La mansión Vieri era un esqueleto humeante. El olor a quemado y pólvora era el aire que respiraba Demian mientras emergía de los restos, ileso pero sucio de hollín y una rabia helada.
Marco Vieri, el patriarca, llegó con sus propios hombres. Observó los daños con una furia silenciosa, pero su reproche se dirigió inmediatamente al corazón de su hijo.
Marco Vieri: (Con voz profunda y acusatoria) "Una declaración de guerra. Esto es lo que pasa cuando dejas que la calidez te distraiga, hijo. Ahora,