Valeria despertó en la inmensa cama, sola. El sol entraba por los ventanales blindados de la suite, iluminando el espacio con un lujo frío. Se levantó y exploró. La mansión de Demian Vieri era un búnker de opulencia, una fortaleza en la cima de la colina.
Era vasta; pasillos de mármol se extendían como arterias, adornados con esculturas que parecían observar con juicio. Era la Jaula de Oro, hermosa, impenetrable y, sobre todo, vigilada.
Mientras vagaba por la cocina, que parecía más un labora