Llegamos a Oymyakon. Vang nos había llevado a un campamento apartado, un lugar donde solo estaba su equipo. Hasta ahora, este era el sitio más seguro al que podíamos aspirar. Estábamos muy lejos de cualquier base militar rusa, lo que significaba que ningún soldado podría encontrarnos fácilmente ni alertar a la Bratva de la presencia de intrusos que, sin duda, serían considerados una amenaza para ellos.
Sabía que Serguéi estaba pisándome los talones. No hacía falta que me lo dijeran; desde el mo