CAPÍTULO 50: EL PRECIO DE LA VERDAD
Eden
El aire me duele al entrar. Arde como si estuviera hecho de fuego líquido, como si ya no supiera cómo respirar. Mis piernas apenas responden, y sin embargo avanzo. Dmitry sigue mirándome como si el mundo no se acabara de desmoronar frente a sus pies, como si no hubiera hecho lo que hizo, como si lo que acabo de ver no fuera suficiente para partirme en mil pedazos.
—¡¿Quién eres?! —le grito, la voz me sale quebrada, llena de rabia—. ¿Quién demonios eres,