—Mom… —llamó Anna en voz baja mientras se acercaba a Matilda, que seguía sentada, inmóvil, en el banco del jardín.
—Ven, siéntate conmigo —respondió Matilda con suavidad, dándole unas palmaditas al espacio libre a su lado.
Anna obedeció, pero la inquietud era evidente en su rostro. Sus dedos se entrelazaban y se apretaban unos a otros; su respiración era corta, irregular. Matilda no tardó en percibirlo.
—¿Qué ocurre? —preguntó, girándose para mirarla con atención.
Anna tomó aire, como si necesi