—Señorita Anna, es hora de la cena —anunció Ferdi con cortesía, llamando a la puerta.
—Sí, un momento —respondió ella.
Se apresuró a acomodarse el cabello frente al espejo antes de abrir. No sabía por qué sentía aquel nerviosismo repentino, como si algo estuviera a punto de suceder.
—El señor y la señora la esperan en el comedor —añadió Ferdi—. Permítame acompañarla.
Anna asintió y lo siguió por el largo pasillo de la enorme casa. A cada paso, el aroma suave de una sopa caliente flotaba en el a