—Mom… —llamó Anna en voz baja mientras se acercaba a Matilda, que seguía sentada, inmóvil, en el banco del jardín.—Ven, siéntate conmigo —respondió Matilda con suavidad, dándole unas palmaditas al espacio libre a su lado.Anna obedeció, pero la inquietud era evidente en su rostro. Sus dedos se entrelazaban y se apretaban unos a otros; su respiración era corta, irregular. Matilda no tardó en percibirlo.—¿Qué ocurre? —preguntó, girándose para mirarla con atención.Anna tomó aire, como si necesitara reunir valor.—Creo que… debería irme de esta casa —dijo al fin, con la voz apenas firme—. Ya he conseguido un apartamento. No está lejos de aquí.El cuerpo de Matilda se tensó. Volvió el rostro hacia ella con lentitud, como si necesitara confirmar que había oído bien.—¿No dijiste ayer que querías quedarte? —preguntó en voz baja.Anna bajó la mirada.—Siento que no es justo seguir siendo una carga para ustedes. Han sido demasiado buenos conmigo. —Alzó los ojos otra vez, brillantes de culpa
Leer más