La música del DJ retumbaba con tanta fuerza que el suelo vibraba bajo los pies. Las luces de neón danzaban salvajes sobre el techo, pintando destellos eléctricos en la oscuridad. Anna, tambaleándose, permanecía sentada frente a la barra, con la mirada perdida en el fondo de su vaso, como si allí pudiera encontrar alguna respuesta.
—¿Anna, estás borracha? —preguntó Elena, la misma amiga a la que ella había llamado hacía unas horas con la voz hecha un caos.
—Solo he bebido un poco —respondió Anna