Anna despertó con la sensación de un brazo rodeándola con firmeza. Se giró despacio, observando al hombre que aún dormía a su lado.
Es raro que siga dormido a esta hora, pensó.
Las pestañas de Liam eran largas, su nariz recta y bien definida. En ese instante de quietud, Anna lo admitió para sí misma: Dios había sido meticuloso al crear ese rostro. Alzó la mano y rozó su mejilla con cuidado, como si temiera despertarlo. Pero, de pronto, él atrapó su mano.
—Vaya mano traviesa —dijo Liam al abrir