En lo más profundo del sótano de un viejo edificio perteneciente a la empresa, un hombre permanecía atado a una silla metálica. Tenía las manos inmovilizadas, el rostro sin color y la respiración entrecortada. Sobre su cabeza colgaba una única lámpara blanca, cuya luz cruel convertía hasta el menor movimiento en un error que podía costarle la vida.
La puerta se abrió lentamente.
El sonido de unos zapatos de vestir resonó sobre el cemento: firme, pausado, sin prisa, como si su dueño no caminara