El sol se filtraba suavemente por las cortinas, iluminando la habitación con un resplandor dorado. Alanna se desperezó lentamente, sintiendo el calor de la cama aún presente en su piel. Leonardo, aún medio dormido, la atrajo hacia él con una facilidad natural, pero ella no se dejó envolver por su abrazo esta vez.
—Tengo que ir a la casa de los Sinisterra —dijo en voz baja, pero firme.
Leonardo abrió los ojos, su expresión se endureció de inmediato.
—No hay necesidad de que vayas —dijo con firme