La habitación de Esteban estaba sumida en una oscuridad opresiva, solo rota por la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana.
Esteban estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos. Su respiración era agitada, y sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y desesperación. No podía seguir así. No podía permitir que su vida se convirtiera en una mentira más, en una farsa que otros habían escrito para él. Con un movimiento brusco, se levantó y comenzó a caminar de u