Miguel entró a la casa con pasos largos y acelerados, como si la ira le quemara las suelas de los zapatos. Saludó con un gesto rápido a una de las empleadas que caminaba por la sala, sin siquiera mirarla a los ojos. Sus dedos estaban apretados en puños y su mandíbula se tensaba con cada paso que daba. Subió las escaleras de dos en dos, llegó a su habitación y cerró la puerta con fuerza. El golpe resonó por todo el pasillo, pero no le importó. Necesitaba estar solo, necesitaba pensar.
Se dejó ca