La cocina estaba en calma. Era media mañana y el personal de servicio había salido momentáneamente a encargarse de algunas compras. La luz natural se colaba por los ventanales, iluminando la encimera de mármol y la delicada vajilla que aún reposaba sobre la isla central. El ambiente olía a té de manzanilla recién hecho, y un suave aroma a pan tostado flotaba en el aire.
La señora Sinisterra se encontraba allí, sola, preparando una taza para sí misma. Llevaba un suéter ligero y su expresión, aun