La puerta principal se cerró con un leve chasquido. Las luces de la entrada estaban apagadas, y apenas el zumbido del refrigerador y el tic-tac lejano del reloj del pasillo llenaban el silencio de la casa Sinisterra.
La señora Sinisterra se quitó lentamente el abrigo, lo colgó en el perchero y avanzó por el recibidor con pasos controlados. Revisó su reloj: pasaban las diez y media de la noche. A juzgar por la quietud del ambiente, asumió que todos dormían. O eso creyó.
Apenas subió el primer es