La tarde caía lentamente sobre el edificio Sinisterra, tiñendo de ámbar los cristales y proyectando sombras alargadas en los pasillos del piso ejecutivo. La jornada laboral llegaba a su fin para muchos, pero no para ellos.
Allison entró a la oficina de su padre sin anunciarse, como solía hacerlo desde niña. Llevaba un vestido entallado en tono vino, el cabello perfectamente peinado y ese aire altivo que la había acompañado desde que supo que podía manipular al mundo con una sonrisa.
—Papá —dijo