El reloj marcaba las 6:47 p. m. cuando la mayoría de las luces en los pisos superiores de la empresa Sinisterra comenzaron a apagarse. Era viernes, y como cada semana, los empleados abandonaban sus puestos con rapidez, con la ilusión de dejar atrás las tensiones del trabajo y sumergirse en la libertad del fin de semana.
Pero no Alanna.
Ella seguía en su oficina, con la chaqueta colgada en el respaldo de la silla y las mangas de su blusa remangadas hasta los codos. Tenía el rostro ligeramente in