El reloj de la sala de juntas marcaba las 9:45 a. m. El sol atravesaba los ventanales del piso ejecutivo de la empresa Sinisterra, pero ni la calidez de la mañana ni el elegante café humeante sobre la mesa podían suavizar el hielo que se respiraba en el ambiente.
Miguel Sinisterra llegó primero, como siempre. Su traje gris acero estaba perfectamente planchado, su reloj brillaba con arrogancia en su muñeca y su mirada... su mirada tenía ese filo antiguo, como el de alguien que se siente superior