El reloj marcaba las cinco de la tarde cuando Alanna descendió del automóvil frente a la elegante casa de Enrique Raushe. Las luces del porche estaban encendidas, como si él hubiera presentido que ella llegaría. Su corazón latía con fuerza, no por lo que iba a decir, sino por lo que aquello implicaba: aceptar que estaba sola en esta batalla y que solo podía confiar en muy pocos.
Enrique apareció en la entrada con una copa de vino en la mano, impecablemente vestido, como siempre. Su expresión ca