Habían pasado dos días desde aquel descubrimiento demoledor en casa de Enrique. Alanna no había dicho nada públicamente. No a la empresa. No a Leonardo. Solo observaba. Y mientras más callaba, más hablaban los demás.
En los pasillos de la empresa Salvatore, el aire era pesado. Los murmullos eran tan constantes como la respiración. Nadie decía nada en voz alta frente a Alanna, pero bastaba con que diera un paso fuera de su oficina para sentirlo: las miradas. Las sonrisas maliciosas. Los susurros