El sol del mediodía se filtraba entre las cortinas de encaje del comedor principal, tiñendo el mantel blanco con formas caprichosas. Todo parecía en orden. Demasiado en orden. Los platos de porcelana relucían con elegancia silenciosa, los cubiertos estaban perfectamente alineados, y la criada de turno, Mariana, terminaba de colocar la jarra de limonada fresca sobre la mesa con movimientos medidos, casi rituales. Pero nada de eso podía disipar el aire tenso que flotaba desde hacía días sobre la