El atardecer comenzaba a apagar los colores del cielo cuando la señora Sinisterra subió lentamente las escaleras. Su andar era firme, pero su mente era un torbellino de emociones. Tenía que acercarse a Allison, mantenerla tranquila, mantenerla cerca... hasta que tuviera pruebas. Hasta que pudiera actuar.
Tocó suavemente la puerta de la habitación de su hija.
—¿Allison? ¿Puedo pasar?
Del otro lado, Allison dudó. Algo dentro de ella se tensó. Pero fingió serenidad.
—Claro, mamá.
La señora Siniste