La noche se había vuelto silenciosa en la mansión Salvatore. El reloj marcaba las 10:42 p.m. cuando Alanna, con paso lento, condujo a su madre hasta el segundo piso. Subieron por la elegante escalera de mármol que solía estar iluminada solo con la luz tenue de los apliques de las paredes. Ninguna hablaba. El ambiente estaba cargado de palabras no dichas, de heridas que aún dolían sin tocarse.
La señora Sinisterra caminaba junto a su hija con las manos entrelazadas, como si temiera que todo aque