La mañana se consumía lentamente entre los cristales empañados del salón. Alanna se había mantenido en silencio desde que su madre, la señora Sinisterra, llegó esa mañana. No hablaron más allá de lo estrictamente necesario. La señora Sinisterra, por su parte, parecía caminar por la mansión como una intrusa que no se atrevía a respirar sin permiso.
Pero al atardecer, cuando el cielo se tiñó de un rojo intenso, la señora Sinisterra pidió hablar en privado con Alanna en la biblioteca. Había algo e