La mansión Sinisterra estaba en completo silencio, apenas interrumpido por el eco lejano del reloj de péndulo en la sala principal. Era la hora de la cena y, como cada noche, el comedor había sido preparado con esmero: un mantel de lino blanco impecable, candelabros con velas encendidas, platos alineados con precisión matemática y copas brillando como joyas bajo la luz tenue.
Pero esa noche, el ambiente era distinto. Frío. Distante. Como si el aire mismo estuviera cargado de una tensión invisib