El reloj de pie del vestíbulo marcaba las nueve de la mañana con un campanazo grave cuando Allison descendió por las escaleras, como siempre lo hacía: impecable, serena, con su vestido blanco marfil que contrastaba con su oscuro cabello cuidadosamente peinado. Caminaba como si nada pudiera perturbarla, como si la vida fuera exactamente como debía ser.
—Buenos días, mamá —dijo con una voz melosa, la misma con la que solía envolver a todos—. ¿Dormiste bien?
La señora Sinisterra alzó la vista desd