A la mañana siguiente, el aire en la mansión Sinisterra estaba más denso que de costumbre. El murmullo de los empleados y el roce de las cortinas no lograban opacar el peso que colgaba en el ambiente. La señora Sinisterra había dormido poco, si es que había dormido algo. Tenía la mirada cansada, pero el rostro firme cuando pidió que Miguel se reuniera con ella en el jardín trasero, lejos de oídos y ojos curiosos.
Él llegó puntual, con el ceño fruncido, sabiendo que su madre no lo llamaba a ese