La tarde avanzaba lenta, como si el sol mismo se rehusara a ocultarse, dejando la casa bañada en una luz dorada que no lograba suavizar la tensión que comenzaba a adueñarse del ambiente.
Sabrina y Bárbara estaban sentadas frente a Alanna, pero la atmósfera ya no era de cálida visita: era un campo de batalla silencioso. Alanna, desde su lugar en el sofá, sostenía la taza de té entre sus manos, pero no la bebía. Sus ojos, fijos, inquisitivos, no dejaban escapar ni un solo gesto.
Había llegado el