La luz de la mañana entraba a raudales por las cortinas entreabiertas, proyectando un suave resplandor dorado sobre la habitación.
El aire olía a ropa limpia, a sábanas recién cambiadas, y al aroma tibio de Leonardo.
Alanna parpadeó lentamente, adaptándose al nuevo día, mientras sus dedos vagaban distraídos por el pecho de él, dibujando pequeños círculos sobre su piel.
Leonardo seguía dormido, o eso parecía, con el rostro relajado y una leve sonrisa en los labios.
Acariciar ese rostro era como