Alanna tomó aire, cerró los ojos un instante y luego los volvió a abrir, fijándolos en los de él.
—Toda mi vida aprendí a esconder lo que sentía —su voz salió baja, pero firme—. A fingir que nada me afectaba, porque cada vez que lo mostraba… me lo arrebataban.
Las palabras le dolían en la garganta, como si se resistieran a salir.
—Me acostumbré a no esperar nada de nadie. A no confiar. A no permitirme querer demasiado.
Leonardo la escuchaba sin interrumpir, su expresión era indescifrable, pero