El frío de la noche golpeó el rostro de Alanna cuando logró salir de la mansión.
Su mirada desesperada se clavó en la figura de Leonardo, quien caminaba con paso decidido hacia su coche, ignorando sus llamados, sin detenerse, sin siquiera voltear.
—¡Leonardo! ¡Por favor, escúchame! —gritó, su voz quebrada por la angustia.
Pero él no se inmutó.
Alanna corrió tras él, sintiendo que el tiempo se le escapaba de las manos. Su vestido largo se enredaba en sus piernas, sus tacones hacían que cada paso