El silencio se hizo pesado en la biblioteca.
Allison sonrió con malicia y, con un gesto teatral, señaló hacia la puerta.
—Si no me creen a mí —dijo con una sonrisa venenosa—, entonces tal vez escuchen a alguien cuya palabra no puede ser cuestionada.
Los invitados intercambiaron miradas expectantes. Miguel Sinisterra cruzó los brazos con expresión severa, mientras su madre, la señora Sinisterra, observaba con una mezcla de incomodidad y tristeza.
Entonces, una figura vestida de negro avanzó con