La señora Sinisterra cerró la puerta de su habitación con lentitud, como si el simple acto de cruzar aquel umbral marcara el fin de una era y el inicio de otra. El silencio del lugar era abrumador, pero en ese momento, ella lo agradeció. Necesitaba esa pausa, ese respiro entre tantas verdades hirientes, para procesar todo lo que su corazón aún se negaba a entender.
Se acercó al vestidor y dejó caer lentamente el abrigo sobre una silla. Luego, como si sus movimientos fueran dirigidos por la cost