Los preparativos de la boda avanzaban sin margen de error.
El embarazo de Laura también. Cuando escuché los latidos de mi nuevo hijo, fue casi una sinfonía de victoria.
Todo estaba encajando con una pulcritud que rozaba lo admirable. Mi plan estaba a punto de consagrarse, y la pieza clave era la cita con el médico de mi madre aquella mañana.
—Muerte cerebral —había dicho, con una batería de términos técnicos que sonaban irrefutables. A fin de cuentas, así debía sonar.
La única forma de que ella