Antonio
El fuego me arrancaba la respiración mientras el aire se llenaba de polvo rojo y gritos, otra vez.
Las llamas devoraban todo a su paso. No podía ver más que flamas que se alzaban como muros, cerrándome el paso, empujándome hacia atrás.
El calor era insoportable. Me quemaba los pulmones, los ojos, la piel. Cada inhalación dolía como si aspirara cuchillas al rojo vivo.
—¡Mamá! ¡Andrea! —intenté llamar por inercia; mi voz salió baja, rasposa y distinta, irreconocible incluso para mí.
No.
N