Laura
Cerré la puerta del salón con cuidado, temiendo que doña Elena me devolviera adentro. Solo entonces solté el aire que llevaba atrapado desde hacía demasiado tiempo. Gabriel se movió contra mi pecho, incómodo, y lo acomodé mejor antes de echar a andar por la galería.
La casa estaba en ese punto extraño del atardecer en que todo parece detenido. La luz entraba oblicua por los ventanales altos, dibujando sombras largas sobre el mármol. Caminé despacio, todavía con el cuerpo tenso, hasta que