Antonio
Abrí los ojos, exaltado, cuando el ardor de una llamarada me azotó la cara. Miré alrededor, con la respiración fuera de control. No había fuego; estaba en el departamento, todavía sentado en el suelo con la espalda apoyada en el borde del sofá cama. Tragué saliva como roca pesada.
Me levanté y fui por agua, restregándome los ojos con una mano. Ni siquiera noté en qué momento me dormí. La única luz provenía de la pantalla parpadeante del televisor que olvidé apagar. En ese momento, su m