Antonio
—Al menos tu estupidez no arruinó el operativo.
Apoyé el hombro contra la puerta de la patrulla y observé la mansión mientras los oficiales entraban y salían con cajas, carpetas, dispositivos electrónicos. El portón principal estaba abierto de par en par, y por primera vez desde que pisé ese lugar, cuando tenía ocho años, la casa parecía vulnerable.
Más pequeña. Ya no era aquel monstruo gigantesco y gris que devoró el último remanente de inocencia.
—Idiota —respondí.
—Mi Salvador, par