Carlos
—A partir de hoy la señora Laura Martínez habitará con nosotros —anuncié, sin elevar la voz, asegurándome de que cada palabra quedara suspendida en el aire.
Había mandado a llamar a todo el personal de la mansión. Rebeca estaba a mi lado, con mala cara y los brazos cruzados, apoyando el peso sobre una pierna como si ya estuviera aburrida de todo. Su disgusto era tan evidente como irrelevante.
Recorrí con la mirada a cada uno de los presentes. Una de las mujeres del servicio asintió con d