Carlos
—¡Mi bebé!
El grito de Laura atravesó el corredor del juzgado como un sonido fuera de lugar.
Agudo. Roto. Desesperado.
Sentí cómo Gabriel se movía apenas en mis brazos, un reflejo mínimo, casi imperceptible. Ajusté el agarre de forma automática y controlada.
Rebeca se detuvo un segundo, lo justo para girar el rostro y sonreír.
—Música para mis oídos —comentó, satisfecha.
Gabriel descansaba tranquilo en mis brazos. Su peso me recordaba que nada de aquello era simbólico; al contrario, era