Laura
Las semanas posteriores a la primera pernocta no trajeron alivio. No existía adaptación posible a dormir lejos de mi hijo una noche entera. Solo quedaba la resignación del cuerpo, ese cansancio instalado en los huesos y aprender a sobrevivir sin esperanza.
Cada sábado lo entregaba con una sonrisa rígida. La primera noche que volví a Santa Mónica con los brazos vacíos fui incapaz de conciliar el sueño. El llanto de cualquier bebé me despertaba asustada y ansiosa. Ver la cunita acomodada pe