Laura
La inminencia de la pernocta pesaba sobre mis hombros como un bulto invisible y, conforme se acercaba el día, apenas lograba moverme. El sábado llegó e intenté pasar la mayor parte del tiempo pegada a Gabriel; tal vez trataba de impregnarlo con mi olor, quizá temía que se olvidara de mí esa noche que pasaría lejos.
Doblaba sus mantitas con el corazón en la garganta, mientras Gabriel reposaba dormido en el portabebé a mi espalda. Su respiración pausada marcaba el ritmo de la casa, como si