Michel
La miro.
Y me odio.
No por lo que he hecho.
No por la violencia. No por las marcas que ya adivino en su piel.
No por los gritos. No por el miedo.
No.
Me odio por lo que siento aquí, ahora.
Por esta maldita pánico, fría y sucia, que me sube por la espalda.
Ella está ahí.
Justo ahí.
Sentada en ese sofá, recta como una caña a punto de romperse.
Silenciosa. Inmóvil.
Viva.
Pero ausente.
Y yo, estoy ahí, de pie, con los brazos colgando, la respiración descompuesta.
Y me doy cuenta de que ya no